Amor, ponis, suicidio
Comprendíamos la mecánica del mundo. Sabíamos que era un amor destinado a morir a puñaladas de ron y nos daba igual mientras el sexo curase las heridas. Tampoco era un mal lugar para consumirse. Ginny gemía y los perros ladraban, el Sol y la Luna entraban y salían hasta que al final dormíamos como ponis que corrían como caballos.
Fue una hermosa manera de firmar nuestro suicidio.
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